¡Qué ricos son los niños! Tan inocentes, vitales, risueños, despreocupados… El claro reflejo de la naturalidad, la improvisación, el desparpajo que escapa a los convencionalismos. Son la encarnación de la creatividad en forma de pregunta infinita. Un libro en blanco. Pequeñas mentes que avanzan día a día, a cada hora, con cada segundo y en cada porqué.
Ahora bien. Viajar durante dos horas en un cercanías acompañado por sesenta criaturas de entre 7 y 9 años ofrece otra visión. De acuerdo que porque vayan en manada no dejan de ser ricos, pero lo cierto es que en forma de rebaño, se transforman en algo menos angelical.
Durante las dos horas de trayecto, entre gritos, vómitos, risas y llantos, he podido comprobar que la labor de un maestro es, como poco, heroica, créanme. Considero que para estar al frente de un numeroso grupo de querubines hay que estar hecho de una pasta más que especial y de una paciencia de hormigón.
Ha sido maravilloso comprobar cómo, con la actitud sosegada del que acostumbra a amansar a las fieras, la profesora, se dirigía a los pequeños intentando, a veces muy en vano, mantenerlos en sus asientos. Y sin perder por un segundo los estribos.
En ese momento empezaba la mañana, era tan solo el comienzo de la excursión, pero estoy segura que esa maestra mantendrá la calma hasta el final de la tarde, hasta que despida al último niño y compruebe que todos han llegado sanos y salvos. Después, solo me la imagino en un spa…