Feb 16 2009
De salvajes, barreras y bibliotecas
Soy un ratón de biblioteca. Siempre lo he sido. Me concentro mucho mejor cuando estoy rodeada de gente que se encuentra también haciendo algún esfuerzo por abstraerse. Quizás se deba a aquello que dicen de “mal de muchos, consuelo de tontos”, pero el hecho es que los grandes tochos de mi vida, me los he aprendido en un biblioteca. Hoy en día, que gran parte del conocimiento se reinventa volcado en la red, puede parecer que estos lugares han perdido su sentido o su razón de ser, pero no lo creo. Quizás nuestra propia esencia de seres sociales nos empuja a muchos a realizar actividades solitarias, como son la lectura y el estudio, en lugares comunes como las bibliotecas.
Por eso, siempre que tengo oportunidad y viajo a una ciudad que no es la mía, aprovecho para visitar su archivo. Con más tesón si se trata de un lugar con gran tradición intelectual o que cuenta con una universidad de renombre. Soy consciente y apoyo las medidas de seguridad que han de rodear el material intelectual y a los libros, por su conservación y, en general, por el bien de todos. De igual manera, mi entendimiento, aunque no la comparte, acepta la idea de que si se trata de una biblioteca privada, pues la palabra lo dice, no será de acceso público y, por mucho que me apetezca visitarla, me tendré que aguantar.
No obstante, desconocía la sensación que provoca el hallarse en un centro universitario participando en un congreso y tener prohibido el acceso a la biblioteca sita en el edificio contiguo. No me refiero al hecho de tener restringida la extracción de ejemplares, cosa totalmente razonable si se carece del pertinente permiso. Yo me remito al simple acceso. Al tener que quedarse esperando en el hall de la maravillosa construcción por tener prohibida la entrada. ¿Y qué quieren que les diga? En pleno siglo XXI, este tipo de medidas me parecen de un antiguo que chirría.
Por eso, mientras esperaba paseo arriba paseo abajo en el elegante salón, tras haber sorteado ya varias barreras de seguridad, no pude evitar sentirme una salvaje alejada de los eruditos a la que se le impide todo contacto con el delicado tesoro, no vaya a ser que lo rompa o, peor todavía, que lo entienda. Así es que cuando salí de allí y dejé de imaginarme el lugar prohido, me sentí aliviada, porque esas bibliotecas en las que yo he aprendido y me he formado, las bibliotecas de las universidades en las que he estudiado, tenían sus puertas abiertas a todos. Niños, abuelos, curas, ateos… cualquiera podía pasear y observar el fondo bibliográfico. De acuerdo que para llevarte un libro era necesario disponer de la acreditación, pero si se trataba de acceder a la estancia, leer el periódico, tomar algunas notas… las puertas del conocimiento estaban muy abiertas y, en algunas, las veinticuatro horas.
Me parece increíble que te prohibiesen el acceso a la biblioteca, Alicia. Qué excusa te pusieron los guardias de seguridad cuando intentaste entrar? Y quién y por qué te negó los permisos necesarios???
Coincido contigo en que eso no es propio de este siglo.
Sergio
Pd.- Me guardo tu blog, qué calladito te lo tenías!