abr 25 2010
La nube de la frustración
Y ahora toca hablar de los cinco días como pasajero en tránsito. De las colas en la estación esperando conseguir un billete a alguna parte algo más cerca de casa y de los bocadillos de lo mismo que el día anterior. Han sido cinco días viajando no por Europa, pero sí a través de ella, de punta a punta y echando de menos mi cama.
No obstante, todo este tiempo he pensado que si dicen que n0 se puede volar, pues lógicamente, no se vuela. Porque si sale algún avión y pasa algo, qué hacemos, ¿nos quejamos entonces de la catástrofe?
Cierto que hay mucha gente que se ha dejado más cuartos de los que tenía, apunta una servidora. Pero seamos sensatos. No se ha tratado de una cuestión de vida muerte. No había una pandemia violenta que amenazaba con fulminar a los viajeros, tampoco un terremoto había asolado el aeropuerto. Era una cuestión de esperar, de no poder estar donde uno quería en el momento que quería. Era una batalla a la frustración.
Durante estos días, de tren en tren, de ferry en ferry y de autobús en bus, he podido pensar en cómo viajaban nuestros abuelos. Algo parecido a esto era su ruta. Ahora soy más consciente de las ventajas y desventajas del avión y recitando a un conocido: “Es lo que tiene la Globalización, estornuda un volcán en Islandia y media Europa se vuelve más hogareña”.
Ya no recuerdo, ni ganas, qué día era qué, cuál lo pasé en un tren o cuál hice noche en un hotel gris. He dejado de hacer cosas importantes por no llegar a tiempo al lugar adecuado, pero también ha sido todo un interrail improvisado que me ha regalado una visita desde Oslo a Copenague, otra a Colonia y una breve estancia en París. Así es como prefiero ver yo a la furia volcánica.



