dic
20
2010
El otro día compré un décimo más de lotería, creo que ya van cuatro o cinco que, por otra parte, no son muchos dependiendo de con quien se me compare. El caso es que, como parte del ritual y gozando al máximo, empecé a soñar con lo que haría con e ldinero si fuera la afortunada y me tocara un pellizquito. Nada exuberante, que ya se sabe lo que ocurre con el saco cuando amanece la avaricia. Pongamos cinco milloncejos de las antiguas pesetas…
http://www.flickr.com/photos/nadiatwitch/
Una escapada al fin del mundo, pagar deudas, posiblemente un coche nuevo y ganar en tranquilidad. Supongo que con eso me habría fundido toda la pasta en lo que viene a ser un pispás. Sin embargo, continué dándole vueltas a la cuestión, porque soñar es gratis, ya se sabe. Y, además, iba conduciendo, que es algo que me exaspera soberanamente, porque siento que podría estar haciendo otras miles de actividades más provechosas durante los largos trayectos, -definitivamente no formo parte del target “me gustaconducir”-. En fin, que una cosa llevó a la otra y llegué a la conclusión, por otra parte nada reveladora, lo admito, de que lo realmente valioso, se mire como se mire, es ganar tiempo.
Si lo pensamos detenidamente, en realidad, todos nuestros sueños giran en torno al reloj en su sentido menos literal. Queremos un buen trabajo, con el que gastar nuestras ocho horas y media de empeño diario de la mejor manera y, si es posible, disfrutando de lo que hacemos. Que esté bien pagado, o al menos que el sueldo sea aceptable,
para poder invertir los cientos de minutos libres que nos quedan tumbados en un bue sillón de casa o viajando a las antípodas. Queremos un moderno transporte, entre otras cosas, para llegar antes a los sitios y disfrutar al máximo de nuestros seres querido Y, además, que sea un vehículo muy seguro, para resguardar bajo la mejor chapa todo el tiempo que nos queda, sea mucho o poco. Aunque eso, como el destino del décimo, permanece en la incógnita.
dic
02
2010
Hace casi un año que dejé el tabajo y,
desde entonces, disfruto de una vida más cómoda.
Aparte de las mejoras en
cuestión de salud, no tengo que estar lavando mis
manos después de cada cigarro, ni preocuparme
por comprar provisiones si el plan consiste en un
sitio de montaña apartado de la civilización. Sí,
podría decirse que soy más feliz.
Por todo esto, en teoría, ahora que me
hallo en la orilla de los no fumadores, debería de
haber encajado bien la decisión de prohibir
tajantemente el tabaco en los lugares públicos. Sin
embargo y como discutía hace unos días con unos
compañeros, no me parece, ni por asomo, la mejor
opción.
De acuerdo que los no fumadores tenemos
derecho a respirar un aire sano y disfrutar de las
cafeterías y los bares sin humo. Sin embargo,
considero que la opción perfecta, lejos de vetar,
reside en respetar. De esta manera, pienso que lo
ideal es que existan cafeterías y pubs en los que se
pueda fumar y otros en los que no. Y que cada cual
elija entrar y cohabitar en el que más le apetezca.
Aunque habría que darle vueltas al problema de los
trabajadores y utilizar la vía democrática en salidas
en grupo.

Es por esto que la propuesta anterior de
habilitar espacios específicos para fumadores en
los bares y cafeterías era, a mi juicio, una opción
mucho más tolerante. Y opino que el verdadero
problema no ha sido la normativa en sí, sino que
nadie se ha preocupado de llevarla a cabo de forma
controlada. Ahora, tenemos que estar felices
porque se ha optado por la prohibición, cuando
privar, debería ser siempre el último recurso.