De camino a la estación paso por delante de, al menos, tres tiendas de zapatos, pero consigo no entrar, a pesar de que en la segunda he tenido que hacer verdaderos esfuerzos por dejar de pasar a probarme un par de botas negras de piel realmente bonitas. Prosigo y al cruzar la calle un grupo de chicas me para para preguntarme si tengo fuego. “No, ya no fumo”, contesto pensativa. Por fin, subo la escalera de la estación y me siento a esperar el cercanías. A mi lado, una chica masca chicle de forma compulsiva y en frente, en el bar de turno, un hombre echa monedas a la máquina tragaperras como si de un autómata se tratara.
Están en todas partes.
Parece que una vez subida al tren estoy a salvo. Nada ni nadie perturba mi mente, pero miro a mi alrededor y al menos dos personas de mi vagón están hablando por sus teléfonos móviles y un jóven escribe mensajes a la velocidad del viento. Al fondo, una chica devora una chocolatina que tiene una pinta realmente exquisita. Su amiga, se mordisquea las uñas nerviosa mirando al apuesto chico de los mensajes de texto.
Te acompañan a donde vas.
He llegado a mi destino y antes de empezar a andar hacia el trabajo paso por el lavabo, porque la coca cola que me he tomado justo antes de salir de casa está pasandome factura. De nuevo en el bar alguien pide un carajillo.
Nunca te abandonan.
En la calle me vuelve a parar una mujer que, esta vez, me pregunta si tengo un cigarro y repito: “no, ya no fumo” y pienso: “a este paso volveré a caer”. Prosigo mi rumbo, ya estoy cerca del edificio donde trabajo y parece que no voy a encontrar ninguna otra prueba de fé, pero me equivoco. A dos pasos del ascensor me detengo en la máquina para sacar un capuchino.
Al fin, sentada en mi escritorio, enciendo el ordenador antes de dejar la chaqueta, se reinicia. Me siento a la vez, abro internet y marco en la barra de navegación: www.facebook.com. ¿quién andará conectado a estas horas? El primer vistazo a la página de los más o menos 25 que suelo hacer al día.
De camino a la estación paso por delante de, al menos, tres tiendas de zapatos, pero consigo no entrar, a pesar de que en la segunda he tenido que hacer verdaderos esfuerzos por dejar de pasar a probarme un par de botas negras de piel realmente bonitas. Prosigo y al cruzar la calle un grupo de chicas me para para preguntarme si tengo fuego. “No, ya no fumo”, contesto pensativa. Por fin, subo la escalera de la estación y me siento a esperar el cercanías. A mi lado, una chica masca chicle de forma compulsiva y en frente, en el bar de turno, un hombre echa monedas a la máquina tragaperras como si de un autómata se tratara.
Están en todas partes.
Parece que una vez subida al tren estoy a salvo. Nada ni nadie perturba mi mente, pero miro a mi alrededor y al menos dos personas de mi vagón están hablando por sus teléfonos móviles y un jóven escribe mensajes a la velocidad del viento. Al fondo, una chica devora una chocolatina que tiene una pinta exquisita. Su amiga, se mordisquea las uñas nerviosa mirando al apuesto chico de los mensajes de texto.
Te acompañan a donde vas.
He llegado a mi destino y antes de empezar a caminar hacia el trabajo paso por el lavabo, porque la coca cola que me he tomado justo antes de salir de casa está pasándome factura. De nuevo, en el bar contiguo a la taquilla alguien pide un carajillo.
Nunca te abandonan.
En la calle me vuelve a parar una mujer que, esta vez, me pregunta si tengo un cigarro y repito: “no, ya no fumo” y pienso: “a este paso volveré a caer”. Prosigo mi rumbo. Ya estoy cerca del edificio donde trabajo y parece que no voy a encontrar ninguna otra prueba de fe, pero me equivoco. A dos pasos del ascensor me detengo en la máquina para sacar un capuccinno.
Al fin, sentada en mi escritorio, enciendo el ordenador antes de dejar la chaqueta. Se reinicia. Me siento a la vez que abro internet y marco en la barra de navegación: www.facebook.com. “¿Quién andará conectado a estas horas?”, el primer vistazo a la página de los más o menos 25 que suelo hacer al día.